viernes, 24 de febrero de 2012


Olvidemos el tiempo, no es más que un mero cálculo.
Inventemos nuevas métricas: para el reloj los latidos, para el calendario los recuerdos. Así una persona será de vieja las experiencias que ha vivido, así tiene más sentido.
Destruyamos todo lo que hasta ahora conocimos, retornemos a nuestro más humilde origen: el lodo, y una vez allí juguemos.

jueves, 23 de febrero de 2012

Consecutivamente


¿Dónde he estado? ¿Dónde perdí mi tiempo? Anduve por las calles sin prisa, cita ni meta reevaluando la situación. No, estas no eran mis expectativas, pero me adapto. Si me vieran en mi salsa, destellando alegría y dispuesta a todo… pero bueno, no diré que alguna vez encontré el lugar definitivo pues, si así fuese, no me habría movido de allí, y sin embargo aquí estoy. Supongo que son las personas las que endulzan y salan el espacio-tiempo, y somos tan cambiantes que es imposible anclarse.
Menos mal, diría mi yo optimista, este movimiento fluctuante te permite conocer nueva gente, te aporta perspectivas y amores diversos. Y una mierda, dirá mi yo pesimista.
No quiero atarme, pero sueño con lazos. Desde el pasado corre una súplica: ¡no me olvides! ¡quiéreme!, y desde el presente una réplica: ¿y tú qué?. No bebí por miedo a la resaca, pero quiero emborracharme de la gente.
Silbando entre metáforas me confieso entre dientes, una vez más sin decir nada; poco hay que decir pues ¿qué tendrá que ver la emoción con las palabras? Si lo que sentí ayer lo entiendo hoy con otro nombre y parece que todo cambia.
Cuenta la leyenda que todo el mundo trata de encontrarse: en el espejo, en el diván, en el horóscopo, en su diario y en el qué dirán. Demasiado rol y poco rock.
Esto es lo que pasa cuando se oye hablar de tantos moldes, que al final el mundo parece deformarse.
Por divagar que no quede.  

Edimburg

lunes, 20 de febrero de 2012

Breve


Subí a la luna a barnizar mis entrañas resecas y a tomar un poco de aire fresco. Flotaba, saltaba cual cervatilla y me despojaba a cachitos de mi cascarón, renacía y olvidaba el frío. Día a día la luna se llenaba, engordaba resplandeciente.
Me aventuré por la cara oculta unos cuantos pasos y me retracté por miedo a lo desconocido, en el suelo se reflejaba mi imagen y al fondo de los cráteres resonaba el eco de mi voz, pero no quería saber nada.
Al poco llegaron las lunáticas, pasamos horas riendo y cantando, soñando juntas, hablando. Era perfecto. Los astros giraban rápido y empezó a menguar la luna, era el momento de irse antes de que el recuerdo se estropease.
De regreso a casa el mundo se veía pequeño, disfrutaba de las vistas y con perspectiva lejana intentaba entender, me preguntaba si sería terrestre o lunática. Cuando puse los pies en suelo firme comprendí inquieta que seguramente era marciana. Como humana no tengo mucho más que añadir.