Quiero tirar otro día a la basura mientras enloquezco con el
sonido del tic tac, dejar de preguntarme a mí misma por qué aún pudiendo no fui
más libre, qué clase de seguridad encuentro en las cadenas.
Me enterraría bajo sábanas pensando que el día de hoy no
merece la pena si no se vive con ganas, que hoy el sol no promete nada y la
lluvia lo deja todo perdido de babas.
Aprovecharía que me encuentro especialmente conmovida para
escribir alguna canción, pero no encuentro a quién le debo este honor, qué
careta porta hoy la musa, y aunque emocionada me siento apática, no podría
cantar tal contradicción.
Seguimos en las mismas simas, estoy construyéndome mis
arrugas, mis signos de expresión, mi corteza. Ayer fui árbol, sentí firmeza
bajo la planta, enraizarme a la gravedad, sentí el tronco flexible y resistente
meciéndose al son de una brisa rítmica, el aire acariciaba cíclicamente el
interior de mis pulmones como la mar acaricia la orilla. Por último mi cabeza
buscaba luz, se expandía hacia el mundo de las ideas. Y dichoso era ese mundo
que me dijo: “Eres una encina. No me gusta, demasiado convencional. Tendría más
clase un sauce llorón.”
Pero yo no me sentía de aspecto tan melancólico y romántico,
y me observé sin juzgarme. Era una encina y basta.