lunes, 19 de marzo de 2012

De entre los dedos se escapará el viento

 
Le encantaban los pocos minutos en los que había sol. Se dedicaba a cuidar su flor, una preciosa rosa. La quería casi tanto como quiso el principito a la suya. Era su más amado objeto, su amuleto de la suerte.
Tampoco tenía otro posible objeto a elegir como amuleto, allí donde ella vivía no había nada más. Pero no menospreciaba a aquella rosa, no era el premio de consolación, ni una medalla de bronce, ni el de desolación... A menudo pensaba en por qué amaba a esa flor. Por su color, por su olor también, porque siempre estuvo allí, porque la cuidaba y la sentía suya.

Vivía en un pequeño y frío planeta azul. Casi siempre era de noche, lo cual era un fastidio. Disfrutaba plenamente de los momentos de luz, y se dejaba fascinar tarde tras tarde por el atardecer, por los brazos del sol abrazando al cielo. Cuando finalmente acababa de esconderse, dormía para no tener que echarlo de menos. ¿A dónde irá? Se preguntaba entre sueños.

Cada atardecer era diferente, suscitaba en ella sensaciones de todo tipo. Pero un buen día hubo uno especial, tan especial que lo cambió todo. Fue el día en el que sintió una terrible nostalgia hundiéndose en su pecho, un vértigo en el estómago y una lágrima en la retina. No quería dormir, no quería vivir sin sol. Esta vez su pérdida la sentía visceral, como si a ella misma la quitasen un pedacito. No podía esperar al siguiente día, lo quería demasiado. Cuando las palabras “querer” y “demasiado” se conocen, es que algo horrible está por suceder.
Se levantó sin contemplaciones y decidió ir tras su búsqueda. Era su sol. Sin más equipaje que su querida rosa, a la que arrancó de cuajo, se puso en marcha.

La andadura fue mucho más larga de lo que jamás hubiese imaginado. Empezó gozosa por dentro, se sintió capaz y emocionada. Cogía las riendas de su propio destino, sintió el mayor control que había sentido nunca.
Fueron unos momentos gloriosos, pero no más que unos momentos, y pisada a pisada se iban disipando. Empezó el hambre, el sueño, el dolor de pies y de cabeza. Ella quería conquistar a su sol, estaba segura de que lo atraparía, no se rendiría tan fácilmente.
Es increíble la fuerza que puede llegar a sacar una persona cuando esta convencida de lo que hace, aún no me explico dónde la cabía tanta energía. Fue una heroína durante kilómetros, hasta que arrastrando los pies finalmente tropezó consigo misma y cayó de morros contra el suelo.
Se derrumbó, también por dentro. Rompió a llorar gritando: ¡quiero a mi sol!
Mientras lloraba el cielo se iba oscureciendo. Había perdido la batalla, sólo quedaba el desconsuelo. Siguió sollozando en medio de la noche, y cuando no era capaz de emitir más que un débil y ridículo sonido, oyó un extraño ruido.

Se paró su pena en seco, ¿qué habrá sido eso? Venía de su propia mano, parecía que ella también llorase, y al abrirla encontró a su flor tosiendo desaforadamente. Fue tan confuso que ni siquiera podía ser dramático. No entendía nada, estaba tan sorprendida y desubicada que no era capaz de pensar, y estando en silencio absoluto, por dentro y por fuera, es cuando por fin pudo escucharla hablar. Entre lánguidos gemidos la oyó blasfemar y odiarla.
Se la encogió el corazón, desde luego nunca esperaría que el día en el que su querida rosa hablase fuera a decir tales barbaries. Y eso la inquietaba mucho más que el hecho en sí de que hablase. No pudo más que preguntar: Rosa mía, ¿qué te pasa? ¿Por qué me hablas así? Yo te quiero. A lo que ella contestó con un hilillo de voz: Si tanto me quieres, ¿por qué me has degollado?

No hubo respuesta, ni nuevas palabras. No hubo más flor.
Ella no lloró, esta vez entendió la pérdida y por dentro sentía paz. O quizá sólo fuera cansancio y no más.
Se acostó en el suelo con lo que era ya un ramo mustio en la mano, y se repitió como nana la moraleja que esa noche aprendió: El perfume ha de darse en pequeñas dosis si una no quiere acabar ahogándose. No hay que obsesionarse por querer hacer eterno los placeres caducos porque no existe nada perenne excepto el infinito mismo.

En realidad no era esa la moraleja de este cuento, pero dejémosla dormir tranquila, no sea que la avaricia la rompa el sueño.

1 comentario:

  1. Mejor no: despiértala y cuéntale la moraleja; que no duerma demasiado, o se perderá el amanecer de un nuevo sol. Otro sol. No el suyo. Como suya tampoco era la rosa, aunque por suya confundiera su existencia.

    ResponderEliminar