lunes, 28 de noviembre de 2011

No era Shakespeare

¿Dónde estás Musa? Háblame. Pero no de mí. No quiero una alterego de protagonista, busco algo nuevo.

¿Cómo encontrarlo en mi cabeza? Si está todo tintado de mí, si sólo puedo recordar lo que hice mío y sólo puedo imaginar lo que sé. Únicamente en sueños me desvío, y por ello desconcertada al despertarme me pregunto ¿por qué? ¿qué tiene esto que ver conmigo? Y ya ves, que por no querer, al final se plaga esta hoja de autorreferencias. No pienses en un elefante rosa... cómo no hacerlo.

Y tú, musa, ahí sigues callada observándome, aguantándote la risa. Escondida en la luna cuando la enamorada llora, escondida en la duda que la filósofa interroga, o en el final de una botella cuando la borracha implora por Dios sacies su sed cual cantimplora.

Deja un poco de tu sangre en el tintero,  y un último aliento en el cenicero; esta noche te dejaré marchar… pero que sepas primero que… para qué seguir si ya no estás, me has dejado tirada en el último verso.

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