El mar, gran bestia que eriza su lomo cuando sopla el viento.
Trieste, la ciudad de los paraguas rotos, de palomas estáticas y estatuas de enigmáticos ojos. En la esquina, escondida, guarda recelosa sus secretos y aunque tantos vienen de paso, tantos otros se quedan a conocerlos. Senos de montaña musga y una retina de Sauron que atenta por la noche alumbra a navegantes que vienen a verla. Ya se siente resonar los pasos de la bora que debora a su paso lo que se interpone en su camino, retumbando en los oídos susurrando entre dientes: shhh… te confesaré qué duerme tras el sol poniente.
Por ahora se siente calma, aunque es un arma de suspense. Mientras nuestras almas en puntos suspensivos se mantienen. Se entretienen entre tanto ahogando su llanto en el muelle, vomitándolo, discretamente, en las orillas de piedra hacia mar adentro, echando en cáscaras de nuez deseos y recuerdos que se difuminarán, como los barcos, en el horizonte del tiempo.
Hubo quien se quedó todo esto en su memoria y perturbados en su paranoia farfullan desgraciados sus historias y explotan carcajadas con euforia carcomidos por un sino de guerras sin Troya. Sin tregua sigue la vida plena, retórica, retorcida y pletórica, donde la añoranza araña en ocasiones y sesiones de aventuras y hazañas compensan la balanza de emociones; te abrazan sensaciones y sensata te dejas llevar sin contemplaciones. Se llenan las noches de festejos y alcohol, entonces, lejos del sol, traviesas diversiones y diversas disfunciones atraviesan de Oeste a Este nuestras bravas actuaciones. Intenciones intensas tensan la cuerda y entre equilibrios recordamos que no estamos tan cuerdos ni tan locos como fingimos. Sólo un poco embriagados, y ubriacatos qualque volta, por esta ciudad y lo que cuenta, porque sin darnos cuenta enamora.
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