sábado, 3 de diciembre de 2011

Cómo renunciar

  
¿Sigo caminando? Tengo tanta hambre… y allí al fondo me espera el manzano.
Al principio era motivador verlo, pero ahora no hace más que joderme. Llevo andando tanto que he perdido la noción del tiempo; ya no recuerdo si se ha caído el sol, si las estrellas han goteado el cielo, si se ha vuelto a asomar, o si siempre han sido y media.

Tampoco sé cuántos pasos llevo; sólo pienso en el manzano, todo lo demás me es secundario. A veces, siento que estoy tan cerca de alcanzarlo que empiezo a salivar y casi estoy apunto de extender la mano. Otras tantas, sin embargo, la distancia se hace tan abismal que pienso en dejarlo.

Supongo que podría hacerlo, al fin y al cabo el sendero está plagado de matorrales con fresas que pueden saciar de sobra mi estómago. Ya he recurrido a ellas más de una vez, sentadita en el suelo descansando los pies o tumbada mirando al cielo las degusto despacio. En esos momentos me siento tan satisfecha que se me olvida la tontería del manzano, incluso creo que me gustan más las fresas, así tan dulces… pero entonces miro a lo lejos y allí sigue temple aguardando, y no puedo evitarlo… me está llamando. Maldito árbol.


¡Basta! Pienso echar a correr directa al él y no parar hasta alcanzarlo. Correr hasta que me tiemblen las piernas si hace falta, aunque me cedan, aunque mi corazón quiera explotarme en la garganta, correr como una descosida ¡y si me muero de hambre que me muera!
Pero antes voy a pararme otro ratito a coger fuerzas… y un par de fresas. 


Cuadro: "Le fils de l´homme" - René Magritte


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