¡Oh dios mío! Las paredes se extienden a una velocidad espantosa; van hacia arriba y hacia los lados, disparadas. ¿Me estoy cayendo? Siento vértigo desde el estómago hasta la garganta, pero mis pies siguen tocando el suelo.
Es la habitación que se está haciendo enorme, ¿qué pasa? ¿qué hago?
¡Joder! no es sólo la habitación, todo alrededor se está expandiendo en todas direcciones, alejándose de mí. Pero las cosas siguen guardando entre sí las mismas proporciones, así que puede ser que no sea el mundo que se está deformando, si no yo que estoy encogiendo. Sí, es eso.
He pasado de metros a decámetros, y de éstos a centímetros, y ahora soy tan pequeña que creo que mi meñique mide un milímetro.
Uf… qué agobio ser así… de repente.
Vamos Alicia, respira… joder qué agorafobia, ¡qué grande me viene todo ahora! ¿Cómo voy a enfrentarme al mundo siendo así de minúscula? Me siento débil e indefensa. Sólo quiero hacerme un ovillo en la esquina y vigilar que nada se me acerque. No me siento capaz de nada.
Y así aguanto unos minutos, agarrándome fuertemente los brazos con las manos, con los ojos abiertos como platos mirando a todos lados rezando que por favor no pase nada. Y si no era ya suficientemente pequeña, además me siento y me encojo, me encierro en mí misma entre mis rodillas.
Me imagino vista desde fuera, y me siento tan ridícula… pienso en cuando era grande. Entonces la vida parecía más fácil y yo más fuerte. Y miro hacia arriba y empiezo a asimilar que tengo que moverme, tengo que hacer algo. Buscando en mi cabeza apenas encuentro posibles estrategias, vaya… cuando era grande pensaba que era más inteligente. La situación está a punto de superarme e intento mantenerme en ese punto hasta que se me ocurra algo, me concentro en no perder el control. Vuelvo a mirar de un lado a otro, buscando no sé el qué, algo a lo que aferrarme, alguna pista, alguna herramienta o quizá alguna respuesta.
Entonces la veo: una puerta. Es diminuta, nunca me había fijado en ella antes. Cuando se es grande, una no se fija en los detalles ni en las minimeces. Cuando se es grande, una es demasiado importante como para preocuparse en chorradas. Pero ahora que soy pequeña, me empiezo a dar cuenta de lo idiota que era por pensar así, empiezo a entender que me falta mucho por aprender y que tengo aún todo a medio hacer.
Me estoy motivando y empiezo a deshacerme del miedo. Un valor creciente me impulsa hacia la puertecita, estoy preparada para descubrir algo desconocido. Me late el corazón a mil, y un cosquilleo me recorre las venas. Mi mano ya está sobre el pomo, y me viene a la mente cómo mi tocaya descubrió un país maravilloso gracias a hacerse pequeña después de llorar. Me pregunto si será el mismo lugar el que me espera, y trato de grabarme en la mente que a veces es necesario sentirse pequeñita para poder crecer.
Abro.
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