Seguía manipulando los restos ya putrefactos, descompuestos. Pretencioso intentaba moldear una escultura de barro siendo mierda, manchándose las manos. Jugaba a hacer alquimia mezclando perfumes e insecticidas, disimulando el hedor. Mientras tanto se intoxicaba.
Siempre se consideró un artista talentoso, un rey entre plebeyos, y se extrañaba de que no le rindiesen el culto merecido. Diseñaba una ciudad perfecta para sus súbditos y se debatía en si eran o no merecedores de tal regalo aquellos que nada sabían apreciar. Mientras tanto se encerraba en su palacio estercolero conspirando a su favor y sufriendo de vez en cuando. Al fin y al cabo se sentía solo en medio de imbéciles, y a nadie le gusta sentirse solo.
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